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Cuando una funcionaria sostiene que la ESI "les destruyó la cabeza a los chicos", que un niño que juega con una muñeca está siendo inducido a creer que "nació en el cuerpo equivocado" o que las infancias trans son consecuencia de una supuesta "ideología de género", no está haciendo un análisis: está difundiendo desinformación y alimentando discursos de odio.
No es casual. Estos relatos buscan desacreditar políticas públicas que salvan vidas y garantizan derechos. Buscan instalar la idea de que la Educación Sexual Integral es un problema, cuando en realidad es una herramienta para prevenir abusos, detectar violencias, promover vínculos respetuosos y garantizar que niñas, niños y adolescentes puedan crecer con información, libertad y sin discriminación.
Negar la existencia de las identidades trans o reducirlas a una "confusión" no borra esas vidas. Solo las expone a más violencia, exclusión y sufrimiento.
Los derechos de las infancias y adolescencias no pueden quedar a merced de prejuicios ni de cruzadas ideológicas disfrazadas de sentido común. Lo que está en discusión no es una opinión personal, sino el intento de erosionar un marco legal construido para proteger a quienes históricamente fueron vulnerados.
Defender la ESI, la identidad de género y el derecho a decidir es defender una sociedad con más igualdad, más libertad y menos violencias.
Porque los derechos no se discuten. Se garantizan y se defienden.